¿Qué hacen con los cuerpos de quienes mueren por coronavirus en Bogotá?

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

El horno crematorio ya está encendido cuando los dos carros funerarios cruzan la puerta del cementerio Serafín, a las afueras de Bogotá, y el administrador, Carlos Martínez, sale de su oficina con ropa de ejecutivo, guantes y tapabocas, luego de recibir la confirmación: son dos muertos por covid-19.

El primer carro no se detiene, sigue directo hacia la sala de hornos. El otro se queda a medio camino, en una zona demarcada por cintas de seguridad fluorescentes. De él bajan dos hombres vestidos como para una guerra radioactiva: trajes blancos de cuerpo entero, ceñidos a guantes y mascarillas que les cubren casi todo el cuerpo, salvo el espacio de los ojos.

Carlos guarda 10 metros de distancia e intenta hacer las preguntas de protocolo, pero no logran escucharlo. Los operarios a su vez gritan los nombres de los fallecidos, los repiten varias veces sin éxito, hasta que finalmente se entienden por encima de la tela que les cubre la boca.

Ninguno de los que están allí conoció a las personas a las que pertenecían esos nombres.

Los muertos por el nuevo coronavirus no tienen funeral, no pueden ser acompañados al entierro y, por orden del Distrito, todos los casos en Bogotá son trasladados al cementerio Serafín, frente al relleno sanitario Doña Juana, bajo la instrucción de pasar directamente del carro funerario al horno.

«Puede haber 10 personas en cada ceremonia, aunque últimamente muchas veces no llega nadie, solo el cuerpo»

Cuando llegan varios, dice Carlos mientras sube la pequeña colina hacia la sala de cremación, los otros deben esperar abajo. Cada cuerpo tarda, en promedio, hora y media en volverse cenizas a una temperatura 1.000 °C.

“En realidad, son más como piedritas de acuario que cenizas. Pesan. Eso de lanzar las cenizas al viento como en las películas es una gran mentira”, dice.

Arriba, la sala –compuesta por tres habitaciones para el público general y una puerta de servicio por la que solo entran los muertos por covid-19– está casi vacía. En el único cuarto ocupado, una mujer llora, derrumbada sobre el ataúd, y tres acompañantes la miran en silencio.

Carlos explica las reglas que han implementado por la pandemia: “como máximo, puede haber 10 personas en cada ceremonia, aunque últimamente muchas veces no llega nadie, solo el cuerpo”.

Luego, se acerca a la familia y les dice: “Entiendo su dolor, pero acaba de llegar un caso de covid-19, por lo que deben retirarse”. Desorientados, los cuatro salen caminando por el campo que separa los hornos del mausoleo, y se pierden de vista entre las lápidas.

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Le puede interesar...

Síguenos

Categorias

Video