Las medidas impuestas por indígenas en el Cauca para contener el coronavirus

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Los resguardos del Cauca cerraron sus territorios desde hace más de un mes para contener la pandemia. Pero el virus no es el único problema: la cadena de comercialización de hoja de coca se rompió, y las disidencias amenazan a las comunidades.

Los mayores y sabedores del Cauca atinaron con los vaticinios de meses atrás. En varios rituales advirtieron que, más allá de las afectaciones por el conflicto armado, a sus comunidades llegaría un “sucio” incubado en una región lejana; por eso, cuando el coronavirus fue noticia tras su arribo a Colombia, no dudaron en clausurar inmediatamente sus territorios. A los resguardos no entra ningún foráneo desde principios de marzo.

Cuando ordenaron el cierre de sus espacios, aún el impacto del nuevo virus no tenía peso en el país, pero para los indígenas era otra profecía revelada. Una que de no tener cuidado sería igual de devastadora a las que llegaron de Europa hace más de 500 años. El senador Feliciano Valencia recuerda las palabras de uno de los mayores al término del último ritual, el pasado noviembre, para despedir el año 2019: “Nuestros tehualas (sacerdotes indígenas) hicieron mucho énfasis en que se acercaba un sucio, un mal, una enfermedad que rondaría nuestros territorios. Nos advirtieron que algo iba a pasar, que estuviéramos alerta”. 

Para él, los tehualas tienen la capacidad de interpretar los sueños, las señales de la naturaleza y luego hacer predicciones. La covid-19 inició su periodo de incubación en diciembre en Wuhan, China, un mes después del gran ritual indígena. Desde ese momento, ha cobrado la vida de miles de personas.

Mauricio Lectamo, coordinador de Derechos Humanos de la Asociación de Cabildos del Norte del Cauca (Acin), dice que el sentir comunitario es como si la historia caminara en círculos. Los indígenas le tienen un exagerado miedo a la covid-19. “Para nosotros no es desconocido esto que está sucediendo. En nuestra memoria están las comunidades indígenas que sufrieron por plagas y enfermedades que no eran tan graves, pero sí muy nuevas para nosotros. Eso fue devastador y hoy lo podemos sentir todavía”. 

Cuenta que cerrar sus territorios no fue la única medida. En todos los resguardos fueron prohibidas reuniones, clausuraron estancos, suspendieron fiestas y eventos deportivos programados. Hace 35 días ordenaron un aislamiento preventivo hasta nueva orden. Quizá por eso aún no hay casos confirmados de covid-19 en comunidades indígenas del Cauca, pero las afectaciones se trasladaron a otro escenario. “No tenemos enfermos, pero el virus sí atacó una de nuestras mayores fortalezas: la colectividad”, asegura Lectamo. 

Desde el municipio de Miranda (norte) hasta Mercaderes (sur) no hay un solo resguardo abierto. Guaduas atravesadas de lado a lado acompañadas de piedras y presencia las 24 horas de guardias indígenas impiden el paso de quien no pertenezca a ese lugar. Lectamo explica que en la mayoría de casos devuelven a los forasteros, pero cuando la falta es reiterativa, son llevados a centros de armonización –una especie de cárceles– hasta por dos días. Además, inmovilizan los vehículos.

“Todavía tenemos un alto número de foráneos que intentan cruzar nuestros territorios a la fuerza para comercializar sus productos, y se convierten en personas de alto riesgo no solo para nosotros, sino para ellos también”, dice Mauricio. 

El senador Valencia recalca que estas medidas no solo cobijan al Cauca. Indígenas de la Sierra Nevada, Huila, La Guajira y Valle del Cauca también optaron por el cierre de sus zonas para prevenir contagios. Los territorios ancestrales se han mantenido alejados del virus. Tan solo hay dos casos confirmados por el Ministerio de Salud en un resguardo de los yucpas en Cúcuta, muy cerca de la frontera con Venezuela.

El cobro de la naturaleza

El calendario de los pueblos indígenas está dividido en cinco periodos, marcados por grandes rituales de armonización para producir un balance y suplir el tiempo de “desarmonización con la Madre Tierra”.

Ellos se agrupan en pulpas –quioscos sagrados de purificación espiritual– para limpiar las malas energías que abundan en el mundo. Con eso evitan, dicen, que la naturaleza pase cuenta de cobro por todo el daño recibido. 

La llegada de la covid-19 a Colombia coincidió con el mayor ritual del año en la cosmovisión del pueblo nasa, al que llaman ‘apagar el fogón’ –en español–. Durante una semana, los mayores se concentran en las pulpas, hacen una gran hoguera en la mitad y queman plantas medicinales para purificar el ambiente y echar las energías negativas al fuego. Los otros grandes rituales se realizan en junio, agosto y noviembre; con este último cierran el año.

“En nuestra cosmovisión hay tiempos de desarmonización, que están plagados por enfermedades, y con los rituales buscamos una armonización. Todo se trata de mantener el equilibrio. Los mayores dicen que nosotros debemos ayudar con energía positiva para aplacar todos estos males que están llegando a nuestros territorios para minimizar su impacto”, explica Lectamo. 

La covid-19 también alteró la realización de ese ritual, al que asisten más de 45.000 personas cada año. Para evitar aglomeraciones, por primera vez en su historia ‘apagar el fogón’ fue un acto de espiritualidad descentralizado. 

Un centenar de guardias, divididos en grupos de cinco personas, recorren las áreas rurales con sahumerio en mano y un manojo de ramas medicinales, como eucalipto. “Las plantas no son precisamente para combatir el virus, sino para generar una barrera energética. Nuestras comunidades coinciden en que este ritual será muy positivo para menguar esta crisis”, precisa el senador Valencia.

Además del sahumerio, la guardia indígena también anda armada con bocinas para recordarle a la comunidad que se deben quedar en sus casas. Los encargados de estos perifoneos no cuentan con tapabocas, gel desinfectante ni alcohol. Pero las condiciones de bioseguridad no son el principal riesgo para ellos. 

Al cerrar sus territorios quedó cortada una parte de la cadena ilegal basada en la hoja de coca, producida en el norte del Cauca. Los principales compradores no pueden ingresar a las montañas para negociar con disidencias de las Farc, dueñas del negocio. 

La última semana de marzo esas estructuras criminales realizaron más de 15 hostigamientos armados en resguardos indígenas para obligarlos a abandonar el patrullaje de la guardia así como los puestos de control. “Ellos nos quieren presionar para abrir. Pero tenemos órdenes precisas de nuestros mayores y estamos evitando una catástrofe”, denuncia un líder de la zona. 

La medida de cerrar resguardos multiplicó las amenazas contra las cabezas visibles de las organizaciones indígenas. La columna disidente Dagoberto Ramos, que opera en Miranda, Corinto, Caloto, Toribío y parte de Santander de Quilichao, prometió –a través de un panfleto– un “baño de sangre”, porque en esos territorios no hay más autoridad que ellos. “Solo nosotros decidimos cuándo se bloquea o no una vía”, dice parte del documento firmado por esa estructura. 

En tiempos de coronavirus, los indígenas pelean en dos frentes: contener la pandemia en sus territorios y esquivar las balas que bajan con fuerza desde la montaña. “Esperamos que este tiempo de desarmonización algún día termine”, dicen.

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