La política en Colombia está personificada y cosificada

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«Si somos capaces de poner sobre la mesa todo aquello que tenemos en común, sin duda, algunos van a quedar sobrando».

Se lanzan piedras desde las dos orillas porque creen y suponen que pertenecen a dos especies diferentes. Porque incluso llegan a pensar que existe una diferencia de fondo que de verdad los oponga. Pero no. Son lo mismo de lo mismo. Hechos de la misma carne y de las mismas fibras. Son la maldición con carné que se rehúsa a pensar en el otro, que se acurruca y se solidariza en miedos comunes, para después atacar al que no piensa como ellos.

El debate actual, el debate político es totalmente intrascendente en términos democráticos. En un país como el nuestro, el debate político, el que se juega en el seno de la opinión pública tiene el peso de las alas de una mosca. La primera opción, la segunda y la tercera (a la que llaman tibia) son lo mismo de lo mismo de la misma receta. Las puertas de acceso son la misma expresión burlesca de la negación del pensamiento. 

La política está personificada, cosificada, llevada hasta el ícono del monumento público. La controversia política en el país está per-so-ni-fi-ca-da. A ese nivel hemos llegado. A que dos personajes (más ficción que realidad ellos), resuman las necesidades e intereses de los ciudadanos. A que los ciudadanos solo encuentren como opción de expresión política, lanzarse a la adoración y defensa de uno, y al ataque ciego y enervado del otro y de todo lo que ése tal dice representar, como si fuera una simple danza de cargas magnéticas que se contraponen por ley natural. 

El marco general, el lenguaje y el devenir de los argumentos son lamentables porque no toca, ni se remonta a la estructura, sino que rumia con mucha paciencia y desgaste, los asuntos del día a día. Y en ese rumiar el día a día, los chismes y entretenimientos para discutir, se nos va la vida, llegan las nuevas elecciones, pasa el tiempo y nada, absolutamente nada cambia. Ya que la palabra “reinventarse” está de moda, habría que decir y reconocerle a la clase política tradicional colombiana la virtud de ser capaz de mantener a los largo de siglos un sistema capaz de resistirse al cambio, en un continuo proceso de reinvención y falsa cercanía con el inocente e indolente electorado (léase cliente, no ciudadano).

El debate actual se ha llevado al lugar de la defensa ciega y ridícula de las posturas de los jefes. Hay un tufo de rebaño. Hay una ausencia total de autocrítica, de cruzar el puente y ver quién está al otro lado. ¿Acaso no lo vemos? Este desgaste es la eternidad de nuestro devenir político y lo seguimos repitiendo hasta la náusea. ¿Cómo nos atrevemos a tomar partido por el uno o por el otro o por el tercero? ¿Cuándo será que por fin nos atrevemos a ponerle fin a esto? Dejemos de alabar con una fidelidad tan cómoda y facilista, dejemos de buscar seguidores como si de una religión se tratase. Seamos capaces de ver los aciertos y virtudes del otro. Seamos capaces de ver los errores e incongruencias de nosotros mismos. Dejemos de repetir lo mismo. Dejemos de repetir la historia. Seamos coherentes.

¿Quiénes son los que siempre se han beneficiado de la división política en nuestro país? ¡Ahí tienen entretenidos a los ciudadanos! ¡Cómo juegan con sus emociones! Hoy les dan la pastilla del enojo y la indignación, mañana la de la revelación periodística o el chisme o el chiste… da capo. Mientras tanto, en lo alto de la pirámide… sopla una paz de nirvana centenaria. Ni siquiera se han modificado los apellidos. Ni la izquierda, ni la derecha, ni el centro. En términos de lo que es y de lo que implica el ejercicio tradicional de la política, contamos con varios siglos de rezago. 

¿No pues que amamos tanto la libertad y que somos tan listos y estudiados? ¿Entonces por qué no nos damos cuenta de lo que estamos haciendo? No deberíamos conformarnos con la dieta política de la cual nos estamos alimentando. Dejemos de vernos “representados” y a un nivel de “encarnación” divina y fijación obsesiva, que esa es una mentira muy difícil de sostener, si se piensa en ella. Eso no es la democracia. La democracia no es votar por quien encarna mis intereses, sino la capacidad de construir consenso o mejor, aquello que de lograrse sería lo mejor para todos. La democracia tiene su costo, demanda el ejercicio mental y emocional de repensar los propios intereses, para ir un poco más allá, hasta donde está el contradictor y ser capaz de escucharlo y de no descalificarlo de entrada, porque así lo manda el jefe o la familia o el periódico o tu amigo. Y no solo escucharlo, sino entenderlo y dejarlo hablar. Pero aquí, nunca hemos tenido de eso. Y si esperamos que quienes están en el poder lo hagan, nunca lo vamos a tener. Por eso pienso que el cambio es de abajo hacia arriba y desde lo individual hacia lo colectivo.

Construir democracia implicaría ser capaces de construir puente. Cuando el de un lado de la orilla sea capaz de cruzar hasta la otra orilla para escuchar sin prejuicios, este simple hecho haría que todos los políticos tradicionales se queden sin trabajo, porque es lo que ellos saben hacer. Dejaría por el piso siglos enteros del vacío show polarizador. Dejar de ver al que piensa diferente como un enemigo, es un deber. Elevar la calidad y la honestidad de los argumentos también. Dejar de personalizar las opiniones políticas. A nuestro debate le faltan colores, propuestas, matices, solo hay un blanco, un negro y un gris monótono. La idea es que el motor de la dialéctica política sea el debate. Sin embargo, de una manera torpe e irresponsable, en nuestro país se hace a través de la violencia y de la polarización, personificando, atacando a las personas y no a las ideas. 

Los que viven y han vivido de los contratos, de la corrupción, los que han hipotecado en directa y en reversa sus conciencias, los que piensan que todo está bien porque ellos están bien, suelen encontrar estas ideas muy ingenuas e inocentes y la verdad es que sí lo son. Y lo son porque quizás el giro necesario es el más difícil: ético, íntimo, simple, sencillo y elemental. Sería recurrir a lo básicamente humano: que es más importante lo que tenemos en común, que aquello que nos diferencia. Si somos capaces de poner sobre la mesa todo aquello que tenemos en común, sin duda, algunos van a quedar sobrando. 

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