¿Ha habido un mal manejo del personal de salud por parte del gobierno a raíz de la expedición del decreto 538?

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La obligación del decreto que trata al personal de salud como reservistas del ejército es equivocado. No se compadece con la poca protección que tienen y la enorme cuota de sacrificio que ponen en esta crisis.


Así lo afirmó el médico Gilberto Mejía, para quien “se olvidó que los médicos no somos militares. No era necesario llegar a eso”, director de la Clínica Shaio. En realidad comparar al cuerpo de salud con las Fuerzas Armadas es equivocado y carga una injusticia. Lo primero porque los médicos no atienden a sus pacientes por un llamado de autoridad sino por una vocación. Lo segundo, porque batallan contra mucho más que un enemigo. A diferencia de otros países, en donde admiran y reconocen la profesión, en Colombia usualmente deben sacrificarse años en una carrera difícil y costosa, batallan otros más por escasos cupos de especialidades, llegan a sus primeros empleos con deudas enormes y tienen en muchos casos condiciones laborales precarias.

“Siento mucha rabia, mucho dolor, mucha tristeza”, dijo al referirse al decreto Sergio Isaza, presidente de la Federación Médica Colombiana. En el Gobierno sintieron esa desazón. “No se trata de obligarlos, sino de dignificarlos”, dijo el presidente Duque casi de inmediato. El ministro de Salud, Fernando Ruiz, por su parte, puntualizó que la norma era solo para circunstancias excepcionales. “No es acuartelamiento, sino un llamado”, aclaró. El funcionario agregó que contemplaban allí otros asuntos para proteger al cuerpo de salud, para habilitar nuevos espacios hospitalarios, optimizar las unidades de cuidados intensivos y regular las transferencias de recursos del Gobierno.


Colombia, sin suficientes recursos, no la tendrá fácil. Y necesita mucho. A cada cuarto de un paciente entran en promedio 25 personas al día, los de la comida, el aseo, las terapias respiratorias, así como enfermeras y médicos. Cada uno de ellos necesitaría mínimo un tapabocas, unos guantes y un uniforme desechable. Antes de la pandemia estos podían costar 180, 500 y 4.000 pesos respectivamente. Con la emergencia, los precios se dispararon por 10 pero además no se consiguen. “Aquí lo que se va a necesitar es ingenio. Habrá que lavar y reutilizar”, cuenta un médico.


El otro desafío es encontrar el talento humano necesario. “El decreto es una estupidez. EL título no le da a nadie la capacidad de ejercer”, dice un dirigente del sector. Se refiere a que al país de nada le sirve obligar a médicos sin capacidad para atender la emergencia. El coronavirus requiere de especialistas que sepan manejar las complejas máquinas de una unidad de cuidados intensivos. Los intensivistas son el personal más escaso. Hay 1.000 para las 6.000 camas que tiene el país. Anestesiólogos e internistas pueden encargarse de esas labores, pero tampoco alcanzarán ante el aumento del número de camas.


Capacitar médicos generales o estudiantes ofrece una salida. La Asociación Colombiana de Facultades de Medicina graduará 843 estudiantes anticipadamente. Al menos 285 internos recibieron ya su título. Pero enfrentan un futuro incierto. El Gobierno dice que trabaja en una resolución que les permita emplearse, pero en realidad no había cómo garantizarles una plaza del Servicio Social Obligatorio, como les prometió. Ahora, muchos están en el limbo.


El gremio enfrenta desafíos titánicos. Hay que encontrar un punto medio que le permita al Gobierno preparar al país para un crecimiento exponencial de la pandemia, pero sin atropellar a quienes asumen la línea de defensa. Demostrar que el país está con ellos, mucho más allá de aplaudirlos todas las noches.

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