Colombia y el mundo en dos años de Iván Duque

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Antes la pandemia, la política exterior del Gobierno, en buena medida, giraba en torno a la agenda interna: crisis migratoria venezolana, implementación del Acuerdo de Paz y lucha contra el crimen organizado.

La política exterior de un Estado democrático tiene como objetivo defender y promover los intereses supremos de la nación en múltiples escenarios: comercio, seguridad colectiva, alianzas, fronteras, cooperación, expatriados, reputación internacional, multilateralismo y promoción de principios y valores. La política exterior es, además, producto de la situación interna del país y quizás es Colombia uno de los más elocuentes ejemplos, pues sus variados conflictos internos han requerido la asistencia externa, al igual que lo ha requerido la búsqueda de la paz.

Hasta la llegada de la pandemia, la política exterior del gobierno Duque, en buena medida, giraba en torno a la agenda interna: la crisis migratoria venezolana, la implementación del Acuerdo de Paz con las Farc y la lucha contra el crimen organizado en todas sus facetas, con el trasfondo de 200.000 hectáreas sembradas de coca heredadas de la administración anterior. Es digna de encomio la postura adoptada por el Gobierno frente a los casi dos millones de migrantes venezolanos y las acciones emprendidas para su absorción en el país, incluyendo los derechos otorgados a los hijos de los refugiados nacidos en Colombia.

Adicionalmente, el presidente Duque ha llevado a cabo una política exterior que tiene como eje la defensa de la democracia, liderando el cerco diplomático a Maduro, que, si bien no ha dado los resultados deseados, sí ha puesto el asunto en el centro de la agenda continental, evidenciando —no es que hiciera falta— la naturaleza tiránica del inquilino de Miraflores y su caterva de áulicos, varios solicitados por la justicia internacional. En ese mismo orden, está también la rápida reacción de rechazo al intento de Evo Morales de permanecer fraudulentamente en la presidencia de Bolivia. A Colombia se le puede agradecer que ese embeleco llamado Unasur finalmente haya fenecido, aunque sus exequias no se han llevado a cabo aún.

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